
En España, los fondos sostenibles pasaron de representar el 9,8% del patrimonio total gestionado en marzo de 2021 a un 39,7% a finales de diciembre de 2025, según datos de Inverco recogidos por Mapfre Asset Management — un incremento de patrimonio de casi 32.000 millones de euros solo durante el año pasado. La pregunta que sigue generando debate no es si la inversión ESG ha crecido —eso ya es un hecho medido—, sino si ese crecimiento se sostiene en rentabilidad real o en una etiqueta que suena bien.
Lo que dice la evidencia académica, sin promesas de marketing
Una revisión bibliográfica realizada por la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona School of Management) en colaboración con Triodos analizó el conjunto de estudios académicos que comparan el desempeño en sostenibilidad de una empresa con su rentabilidad financiera. El resultado no es unánime, pero sí es claro en su tendencia: un 59% de los estudios revisados encontró un efecto positivo entre sostenibilidad y rentabilidad, un 26% encontró un efecto neutro, y solo un 14% encontró un efecto negativo. Al analizar específicamente fondos de inversión con criterios ESG frente a fondos convencionales similares, alrededor de un 65% no mostró diferencias significativas de rentabilidad entre ambos tipos.
Esto es un matiz importante frente a la narrativa habitual en ambos extremos: ni la inversión ESG garantiza superar sistemáticamente al mercado, ni implica sacrificar rentabilidad de forma generalizada, como se asumía hace una década. Alberto Matellán, economista de Mapfre AM, lo resume de forma parecida: los inversores que aplican criterios ESG suelen conocer con más profundidad los activos en los que invierten y hacerles un seguimiento más cercano, lo que no penaliza el resultado financiero — hay de todo, pero la idea de un sacrificio automático de rentabilidad no se sostiene con los datos disponibles.
Un ejemplo real, con nombres y cifras concretas
Más allá de las medias estadísticas, vale la pena mirar casos concretos. El fondo Mapfre AM Capital Responsable, centrado en empresas con altos estándares éticos y financieros, acumulaba a mediados de mayo de 2026 una rentabilidad del 52,67% a doce meses, situándose entre los diez fondos de renta variable global más rentables del año. Otro fondo de la misma gestora, Mapfre AM Inclusión Responsable —que incorpora un compromiso explícito con la inclusión laboral de personas con discapacidad—, obtuvo un 6,14% a doce meses, tratando de batir al Euro Stoxx 50. Son resultados muy distintos entre sí, lo cual ilustra algo importante: dentro de la etiqueta «ESG» caben estrategias muy diferentes, y el resultado depende mucho más de la gestión concreta del fondo que de la etiqueta genérica que lo acompaña.
La otra cara: el mercado ya no compra el discurso sin cifras detrás
No todo apunta a una expansión lineal. Un análisis reciente sobre el estado de la inversión ESG en 2026 señala que la brecha generacional que parecía impulsar este crecimiento de forma imparable se ha reducido de forma notable: los inversores más jóvenes, que en 2022 mostraban mucha más disposición a aceptar menor rentabilidad a cambio de mejores resultados ESG, hoy muestran una diferencia mucho menor frente al resto de inversores en ese sentido. La conclusión de ese análisis es que el mercado tolera cada vez peor los discursos de sostenibilidad que no se traducen en una lógica financiera concreta y medible — la pregunta ya no es si invertir con criterios ESG es deseable en abstracto, sino en qué condiciones concretas esos criterios ayudan realmente a evaluar mejor el riesgo y la creación de valor.
A esto se suma un problema práctico señalado por Amundi, una de las mayores gestoras de activos de Europa, en su informe de perspectivas de inversión responsable para 2026: la demanda minorista declarada por productos sostenibles —especialmente entre inversores jóvenes— se ve frenada por fricciones reales: asesoramiento poco desarrollado en este terreno, etiquetas de producto poco claras, y una divulgación de información demasiado compleja para el inversor medio. El propio informe describe 2026 como un posible punto de inflexión para que Europa resuelva estas fricciones.
Greenwashing: el riesgo que sigue sin resolverse del todo
El llamado greenwashing —cuando una empresa o fondo proyecta una imagen más sostenible de la que realmente sostiene con sus prácticas— sigue siendo uno de los principales riesgos para cualquier inversor que entra en este terreno. La Unión Europea ha respondido con un sistema de clasificación de fondos (conocido como SFDR, con categorías como los fondos «Artículo 8» y «Artículo 9») que obliga a mayor transparencia sobre los objetivos de sostenibilidad reales de cada producto. Pero, como reconoce el propio informe de Amundi, la complejidad de estas clasificaciones sigue siendo, paradójicamente, parte del problema de fricción para el inversor particular: cumplir con la letra de la normativa no siempre se traduce en información fácil de interpretar.
Para un inversor que quiera evitar caer en el greenwashing, la recomendación práctica sigue siendo la misma que en cualquier producto financiero: revisar la composición real de la cartera del fondo, no solo su nombre o su clasificación normativa, y comparar sus objetivos declarados con resultados concretos y auditables a lo largo del tiempo.
Los sectores donde el dinero se está moviendo de verdad
Dentro del universo ESG, no todo el capital fluye por igual. Las energías renovables continúan atrayendo grandes volúmenes de inversión, en parte por criterios ambientales y en parte por motivos puramente económicos: la búsqueda de independencia energética y la caída de costes tecnológicos. La movilidad eléctrica, las finanzas verdes (bonos verdes destinados a financiar proyectos de energía limpia o infraestructura sostenible) y la tecnología de eficiencia energética completan el resto de sectores con mayor tracción. En paralelo, según Amundi, el capital privado —fundamental para escalar proyectos de sostenibilidad como bosques, tierras agrícolas o derechos de agua gestionados de forma sostenible— representa todavía solo un 18% de los flujos totales hacia este tipo de activos, lo que sugiere que buena parte del crecimiento potencial de esta inversión aún está por materializarse.
La conclusión que de verdad importa
A mi juicio, la evidencia de 2026 apunta a una conclusión más aburrida que las dos versiones extremas que suelen enfrentarse en el debate: la inversión ESG no es ni una máquina de rentabilidad superior garantizada, ni una moda que sacrifica resultados por buenas intenciones. Es, en la mayoría de los casos analizados, financieramente neutra o ligeramente positiva —lo cual, de por sí, ya desmonta el mito de que la sostenibilidad cuesta dinero—, y su verdadero valor añadido parece residir en la gestión de riesgos a largo plazo más que en una prima de rentabilidad automática. El hecho de que el propio mercado esté exigiendo ahora una lógica financiera más rigurosa detrás del discurso ESG —en vez de aceptarlo solo por sus valores declarados— me parece, si acaso, una señal de que este tipo de inversión está madurando, no de que esté perdiendo relevancia.
Qué hacer con esto si estás valorando un fondo ESG
La inversión sostenible ha dejado de ser una tendencia de nicho —los datos de Inverco lo confirman en España, y el crecimiento global lo respalda—, pero en 2026 el debate ya no gira en torno a si es rentable en abstracto, sino en qué condiciones concretas lo es, y cómo evitar que una etiqueta ESG sustituya al análisis real de qué hace exactamente cada fondo con el dinero que gestiona. Para cualquier inversor, la lección práctica es la misma que en cualquier otro producto financiero: mirar la composición real y los resultados auditables, no solo el nombre con el que se vende.
Este artículo tiene fines informativos y educativos, no constituye asesoramiento financiero personalizado.
Fuentes: Inverco (vía Mapfre AM), Universitat Pompeu Fabra – Barcelona School of Management / Triodos (revisión bibliográfica ESG), Amundi Research Center (Perspectivas de Inversión Responsable 2026), ecointeligencia.