Bitcoin consume 138 TWh al año: lo que dicen los datos de Cambridge sobre criptomonedas y energía

El último informe sobre minería digital de la Universidad de Cambridge sitúa el consumo eléctrico anual de Bitcoin en unos 138 teravatios-hora, generando aproximadamente 39,8 millones de toneladas de CO2 equivalente — una cifra comparable al consumo eléctrico de un país de tamaño medio. Pero el mismo informe incluye un dato que rara vez se menciona junto al anterior: el 52,4% de esa energía ya procede de fuentes sostenibles, entre renovables y nuclear, según los datos más recientes del Centro de Finanzas Alternativas de Cambridge (CCAF).

Esta combinación de cifras —consumo elevado pero con más de la mitad procedente de fuentes limpias— resume mejor que cualquier discurso genérico el estado real del debate sobre sostenibilidad y criptomonedas en 2025: no es un problema resuelto, pero tampoco es el desastre ambiental sin matices que se describía hace unos años.

Por qué Bitcoin consume tanto: el mecanismo, explicado con el dato real detrás

Bitcoin utiliza Proof of Work (prueba de trabajo), un sistema en el que miles de equipos compiten resolviendo problemas matemáticos complejos para validar transacciones. Ese proceso —la minería— es lo que explica los 138 TWh anuales que mide Cambridge. Es un diseño deliberado: cuanta más potencia de cálculo compite por validar bloques, más segura y descentralizada es la red frente a intentos de manipulación. El precio de esa seguridad es el consumo energético que Cambridge lleva midiendo de forma independiente desde 2019 a través de su índice CBECI, actualmente uno de los más citados por investigadores, medios y reguladores para evaluar el impacto real de la minería de Bitcoin.

El cambio más drástico del sector: qué pasó realmente con Ethereum

La transición de Ethereum de Proof of Work a Proof of Stake, completada en septiembre de 2022 mediante la actualización conocida como «The Merge», sigue siendo el caso de estudio más citado sobre sostenibilidad en blockchain, y el dato concreto es todavía más contundente de lo que solía describirse: la propia red redujo su consumo energético en aproximadamente un 99,9%, según cifras recogidas por Cambridge. En lugar de competir mediante potencia de cálculo, los validadores de Ethereum bloquean una cantidad de criptomonedas como garantía —lo que se conoce como staking— y son seleccionados para validar transacciones según ese compromiso económico, no según cuánta electricidad puedan quemar.

Este cambio demostró algo que en su momento generaba dudas: que una red ya consolidada, con miles de millones de dólares en valor y una comunidad de desarrolladores enorme, podía ejecutar una transición tan profunda sin fragmentarse ni perder seguridad.

Los proyectos que nacieron ya pensados para consumir poco

A diferencia de Ethereum, que tuvo que migrar desde un diseño inicial basado en minería, varios proyectos se diseñaron desde el principio con el consumo energético como prioridad:

Cardano, fundada por Charles Hoskinson —cofundador también de Ethereum—, utiliza su propio protocolo de Proof of Stake llamado Ouroboros, desarrollado con un enfoque de investigación académica revisada por pares, algo poco habitual en el sector.

Algorand emplea lo que denomina Pure Proof of Stake, eliminando por completo la minería intensiva, y ha impulsado iniciativas de compensación de emisiones que refuerzan su posicionamiento entre proyectos corporativos que buscan minimizar impacto ambiental.

Tezos combina un consumo bajo con la capacidad de actualizar su propio protocolo sin fragmentar la comunidad mediante bifurcaciones —una ventaja técnica que, junto a su eficiencia energética, explica por qué buena parte del mercado de NFT más consciente de su huella ambiental ha preferido esta red frente a alternativas basadas en minería.

Chia representa el enfoque más distinto de todos: en lugar de potencia de cálculo, su sistema de Proof of Space and Time utiliza espacio de almacenamiento disponible en dispositivos convencionales. Sigue generando debate por el desgaste que provoca en los discos duros utilizados, un tipo de coste ambiental distinto al energético que no siempre se contabiliza en las comparativas.

Nano elimina la minería por completo con un sistema de votación distribuida de consumo mínimo, mientras que Hedera Hashgraph utiliza una arquitectura distinta a la blockchain tradicional (hashgraph) que le permite procesar un volumen alto de operaciones manteniendo un consumo energético reducido.

El propio Bitcoin también está cambiando, aunque más despacio

Lo que el artículo original no explicaba es que la sostenibilidad no depende solo de abandonar Proof of Work — también depende de qué energía alimenta la minería que sigue existiendo. El dato del 52,4% de energía sostenible que mide Cambridge no es casualidad: en los últimos años se ha consolidado una tendencia de operaciones de minería instaladas junto a fuentes hidroeléctricas, geotérmicas o excedentes de energía renovable que de otro modo se desperdiciarían, especialmente en regiones con capacidad energética sobrante. Esto no convierte a Bitcoin en una red de bajo consumo —sigue sin serlo, y probablemente nunca lo será dado su propio diseño—, pero sí matiza la idea de que toda su electricidad proviene de combustibles fósiles.

Lo que cada vez pesa más para los inversores

El perfil de quienes invierten en criptomonedas ha incorporado de forma creciente criterios de sostenibilidad junto a los tradicionales de adopción y utilidad — consumo energético, procedencia de esa energía, y transparencia sobre las estrategias ambientales del proyecto. Esta tendencia conecta directamente con lo que ya vimos en nuestro artículo sobre inversión ESG: la sostenibilidad ha dejado de tratarse como un criterio aislado y cada vez se evalúa con el mismo rigor de datos que la rentabilidad o el riesgo.

Lo que estos datos cambian respecto al debate de hace unos años

A mi juicio, lo más valioso de tener cifras concretas de Cambridge —138 TWh, 39,8 Mt de CO2, 52,4% de energía sostenible— es que permiten sustituir la discusión genérica sobre si «las criptomonedas son malas para el planeta» por una pregunta mucho más útil: qué mecanismo de consenso usa cada proyecto concreto, y con qué energía se alimenta. Ethereum ya no forma parte del problema energético que solía representar; Bitcoin sigue consumiendo mucho, pero con una porción creciente de energía limpia; y proyectos como Cardano, Algorand o Nano nunca formaron parte de ese problema porque se diseñaron para evitarlo desde el origen. Tratar a todas las criptomonedas como si tuvieran el mismo impacto ambiental es, con los datos de 2025 sobre la mesa, simplemente inexacto.

Hacia dónde parece dirigirse el debate

La presión regulatoria y la atención de los inversores hacia la huella ambiental de cada proyecto no van a desaparecer, y es probable que la transparencia sobre el origen de la energía utilizada en minería se convierta en un estándar tan habitual como ya lo es informar sobre el mecanismo de consenso de una red. El futuro de este debate dependerá menos de discursos generales sobre sostenibilidad y más de si el sector sigue publicando datos verificables, como los que ya ofrece Cambridge, que permitan comparar proyectos concretos en lugar de tratar a todo el ecosistema cripto como un bloque homogéneo.

Este artículo tiene fines informativos y educativos, no constituye asesoramiento financiero personalizado.

Fuentes: Cambridge Centre for Alternative Finance (Cambridge Digital Mining Industry Report 2025, CBECI), Bitget News (vía ChainCatcher).

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